sábado, 26 de abril de 2014

Aves

Mi gusto por las aves viene, como casi cualquier gusto, de un montón de coincidencias. Hace unos seis años, tratando de esquivar como fuera posible una clase de matemáticas o de física o de alguna de esas ciencias precisas y pulcras que me congestionan el cerebro sólo pensando en ellas, tomé un curso de muy básica ornitología. "Estudio general de ciencias", aparece en la boleta; sin embargo, el nombre del curso era mucho más, digamos, colorido: "Aves sudamericanas".

En la primera clase el profesor preguntó al grupo (consistente en su totalidad de extranjeros) por las aves que había en nuestras ciudades de origen. Cuando llegó a mí, que estaba ahí para librar las fórmulas matemáticas, las calculadoras científicas, sólo atiné a decir que yo únicamente veía gorriones y palomas, uno que otro cuervo, tal vez. Se río.

Cuando volví a México, después de aquel semestre y después de aquel curso tan inusual y tan divertido (incluía viajes para hacer observación y salidas de campo, entre otras amenidades. Recuerdo, por ejemplo, a una calandria entrando al salón de clase porque reproducimos un llamado a buen volumen, un viaje a la provincia de Entre Ríos en una combi que deteníamos a cada momento para pararnos ahí, a orillas de la carretera, con nuestros binoculares a ver las aves zancudas, los cormoranes chapoteantes.), me di cuenta que aquella risa tenía motivo: como por arte de magia esos gorriones, esas palomas, esos cuervos que veía en todas las aves adquirieron formas asombrosas y novísimas. También adquirieron nombres: cardenales, zanates, tordos, boyeros, petirrojos, torcazas, estorninos, golondrinas, cenzontles.

Eso es lo que me gusta de las aves: cómo, aunque estuvieron todo el tiempo trinando sobre los árboles bajo los cuales caminé, picoteando la tierra que tenía en frente o tomando el sol en los cables de luz de mi cuadra, se me mantuvieron ocultas, secretas, ajenas, disfrazadas de lo mismo: de pájaro genérico. Eso que siempre estuvo ahí y que tardé tanto en notar. Eso que, en cuanto empecé a ver con interés y calma, se me presentó como un descubrimiento, como una novedad. Me gusta la alegoría cursilona y fácil que podría haber detrás.

Haciendo a un lado los lugares comunes, ese discurso sobre las aves y su libertad (¿Es, en realidad, ese impulso migratorio que las hace ir y venir, ir y venir, ir y venir, libertad? Quién sabe.) o aquel sobre sus bellísimos y melodiosos trinos (¡Oh, la avestruz llora desolada en silencio, se avergüenza de su mutismo, no sabe dónde meter la cara, la cabeza!), creo que esas bestias, esas máquinas perfectas, anatómicamente económicas, con sus modos que aún recuerdan, a ratos, a sus abuelos dinosaurios, se merecen que nos detengamos un momento; nos acerquemos con cautela, tratando de no quebrar ninguna rama, de no pisar hojas secas, de no hacer ningún movimiento brusco; las veamos con detenimiento y descubramos que el cielo no lo navegan únicamente gorriones, cuervos y palomas.  

 

3 comentarios:

  1. Me gustó mucho y me dieron ganas de conocer más acerca de los gorriones y palomas.

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  2. no deberías huir de las ciencias exactas yo creo en eso de que las cosas más difíciles son las mejores. yo por ejemplo era al revés que tú porque usaba bien mi lógica pero no sabía desconectarme

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  3. ¡Estuviste largo tiempo ausente, pero seguís escribiendo muy lindo! :)
    Me gusta lo que contás de tu relación con las aves.
    Te mando un abrazo.

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